La envidia es uno de los siete pecados capitales y puede destruir a la persona y a todos aquellos que están a su alrededor.
La psicología define la envidia como una emoción social y dolorosa que surge al percibir que otra persona posee un bien, logro o característica deseada que a uno le falta. Sin embargo, la envidia patológica puede convertir en odio el dolor por el éxito o la prosperidad ajena, capaz de provocar un deseo destructivo hacia quien lo posee. En tal sentido, las personas que padecen la envidia patológica pueden experimentar un resentimiento tan profundo por los logros o cualidades de los demás, que son capaces de tomar acciones de consecuencias impredecibles.
Aunque, esta condición nace de la sensación de inferioridad o la incapacidad percibida de alcanzar el bienestar del otro, lo cual genera un resentimiento constante. Cabe resaltar que, a diferencia del odio común, la envidia se inventa un agravio basado en el brillo o la excelencia ajena, volviéndose totalmente irracional. El envidioso patológico prioriza dañar o devaluar al otro antes que mejorar su propia situación, convirtiendo la frustración personal en aversión activa, lo que puede desencadenar trastornos de ansiedad, depresión y hasta comportamientos agresivos.

Los tres ambientes donde se refleja la envidia con mayor intensidad y peligro son: El entorno corporativo y laboral, el núcleo familiar y las comunidades académicas, artísticas y militares.
El entorno corporativo y laboral
Es el escenario más común debido a la delimitación de recursos, estatus y recompensas financieras. Aquí podemos ver como foco del conflicto: El éxito, ascenso o carisma de un colega, lo que activa mecanismos de amenaza en el envidioso patológico. Al no poder emular el rendimiento del otro, busca restablecer su superioridad saboteando los proyectos ajenos. Además de hacer críticas feroces sobre el exitoso. Desata campañas de difamación sutiles, exclusión deliberada en proyectos clave, atribución de los logros del afectado a la “suerte” o favoritismos, y el uso del sarcasmo frente a superiores o colegas para devaluar a la víctima.
El núcleo familiar
Este se puede considerar como el ambiente más dañino porque el ataque proviene de un vínculo teóricamente seguro. Ocurre frecuentemente entre hermanos, primos y de padres narcisistas hacia hijos que empiezan a brillar por sí mismos. La patología despierta cuando un miembro de la familia es percibido como el “favorito” o “carismático” y que acumula más logros económicos o afectivos. Comúnmente se refleja como críticas destructivas disfrazadas de “consejos”, minimización sistemática de las alegrías del otro, o dinámicas donde el agresor compite abiertamente con su propio familiar, dividiendo al resto del grupo para aislar a la persona envidiada.
Las comunidades académicas, artísticas, religiosas y militares
En estos espacios, el valor personal está ligado íntimamente al talento, la reputación intelectual o el reconocimiento público. El objeto del deseo no es material, sino el reconocimiento, los aplausos y la validación de los pares. El brillo intelectual o creativo de un miembro es vivido por el envidioso como una humillación personal directa. Se refleja como un plagio encubierto, críticas destructivas en revisiones anónimas, boicot de oportunidades o becas, y una incapacidad absoluta para felicitar públicamente los triunfos ajenos.
De forma muy particular, en el campo militar, es notorio el abuso de poder de los superiores sobre los miembros subalternos. Llegando incluso a castigarlos con traslados a localidades lejanas y muy apartadas para alejarlos de los ambientes donde se verifica el conflicto y muchas veces afectar el vínculo permanente con sus parejas, cuando existe algún interés sentimental sobre la esposa del envidiado.

Observemos de manera detallada el caso donde fue asesinada la esposa del cantante Gilberto Julián Sarante Perdomo, conocido como “Julián Oro Duro”. Aquí es preciso destacar la insistencia de uno de los planificadores del horrendo crimen, para que los perpetradores no se marcharan de la casa, aun con el cadáver de Zeneida Socorro Castillo en el piso, hasta que el artista no llegara con sus cadenas. Lo que evidencia que esa persona venía arrastrando un proceso acelerado de envidia patológica por los éxitos, bienes y cualidades de la víctima.
Es muy común ver cuando ciertos líderes de sectas religiosas o políticas se enamoran de las esposas de súbditos o correligionarios, situación que provoca una escalonada ola de acontecimientos adversos contra el que ha logrado consolidar una relación de pareja con una mujer a quien el envidioso le tiene la vista puesta y entiende que el otro no se la merece. Entonces llegan las críticas personales contra el exitoso y los halagos para la que pretende hacer su presa de la manera más vulgar y descarada.
Es importante que, como sociedad revisemos estos comportamientos de los envidiosos patológicos y que prestemos atención permanente a todo nuestro alrededor. Nunca se sabe cuándo tenemos el envidioso a nuestro lado, incluso presumiendo ser buen amigo y consejero, y nos puede provocar daños profesionales, sociales y hasta quitarnos la vida.

Por Jesús -Belén- de la Cruz
jesusdelacruzbelen1960@gmail.com
Director, Lic. en Comunicación Social y analista político.