Por Juan Belén
Artículo de opinión sobre psicología política, percepción y poder
En psicología, el concepto de gaslighting describe una forma de manipulación mediante la cual una persona induce a otra a dudar de su propia percepción, de sus recuerdos e incluso de su comprensión de la realidad. El objetivo final es desarmar emocionalmente a la víctima, despojándola gradualmente de sus mecanismos de defensa hasta convertirla en un sujeto dependiente de la narrativa impuesta por quien ejerce el control.

La Dra. Ramani Durvasula es una reconocida psicologa clinica estadounidense, autora de exitos de taquilla del New York Times y profesora emerita de psicologia. Es ampliamente conocida a nivel mundial por su especialización y divulgación sobre el impacto del narcisismo y el abuso narcisista en las relaciones.
La reconocida psicóloga estadounidense Ramani Durvasula, una de las principales investigadoras del fenómeno en el contexto de las relaciones narcisistas, identifica la manipulación como uno de los rasgos fundamentales de determinadas estructuras de personalidad. En tales circunstancias, el otro deja de ser percibido como un sujeto autónomo para convertirse en un objeto funcional al proyecto de dominación del manipulador. La estrategia consiste en erosionar la confianza de la víctima hasta que esta termina aceptando una realidad definida por un “yo” hegemónico y centralizador.
Aunque el concepto surge en el ámbito de las relaciones interpersonales, sus dinámicas pueden observarse igualmente en la política. La diferencia radica en que la manipulación ya no opera entre individuos, sino entre estructuras de poder, organizaciones políticas, élites económicas y amplios sectores de la sociedad. Sin embargo, la lógica permanece intacta: un actor dominante construye una narrativa y, simultáneamente, procura debilitar psicológica y simbólicamente a quienes desafían su hegemonía.
El gaslighting político se manifiesta cuando una fuerza dominante logra convencer a amplios segmentos de la población de que la correlación de fuerzas es inalterable, de que una derrota resulta inevitable o de que cualquier intento de cambio se encuentra condenado al fracaso antes de iniciar la contienda. No se trata únicamente de controlar instituciones, recursos o espacios mediáticos. Se trata, sobre todo, de moldear percepciones.
Esta reflexión adquiere especial relevancia al observar determinados escenarios políticos contemporáneos. En la República Dominicana, por ejemplo, el oficialismo exhibe una posición de fuerza que, observada desde una perspectiva objetiva, luce difícil de contrarrestar. El partido gobernante dispone de una amplia mayoría legislativa, ejerce una influencia política significativa en los distintos poderes del Estado, domina la mayor parte de las administraciones municipales del país y cuenta con un liderazgo presidencial que mantiene importantes niveles de aprobación pública a más de la mitad de su mandato.
Ante semejante cuadro, la pregunta fundamental no es, qué piensa el partido gobernante, sino qué está ocurriendo en la mente de quienes apuestan por una alternancia política en el año 2028.
¿Qué razonamiento sigue un empresario cuando decide financiar un proyecto opositor? ¿Qué cálculo realiza un dirigente político al comprometer su futuro a una candidatura que enfrenta una maquinaria electoral aparentemente consolidada? ¿Qué piensa un ciudadano cuando escucha, una y otra vez, que el resultado ya está decidido y que la disputa carece de sentido?

Es precisamente en ese punto donde emerge la dimensión psicológica de la política.
Los cálculos electorales comienzan a teñirse de prudencia extrema. Los riesgos parecen multiplicarse. Los recursos económicos fluyen con cautela. Algunos potenciales aliados optan por esperar. Otros observan desde la distancia. No necesariamente porque compartan la visión del poder dominante, sino porque llegan a convencerse de que desafiarlo constituye una apuesta irracional.
Así surge lo que podría denominarse una “derrota inducida”.
Antes incluso de que se produzca la confrontación democrática, parte de los actores políticos, económicos y sociales han internalizado la idea de que el cambio es imposible. La percepción sustituye a la realidad. El temor desplaza a la iniciativa. La resignación ocupa el lugar de la esperanza. El cálculo estratégico deja de basarse en las posibilidades futuras para quedar condicionado por la imagen de invulnerabilidad proyectada por quienes ocupan el poder.
Sin embargo, la historia política internacional demuestra que ningún dominio es permanente.
Los grandes sistemas políticos del mundo han intentado proyectar una imagen de invencibilidad. Desde los regímenes de partido dominante en Asia y América Latina hasta las democracias occidentales que parecían haber consolidado hegemonías electorales duraderas, la experiencia histórica enseña una lección recurrente: los cambios suelen ocurrir precisamente cuando la sociedad deja de aceptar como incuestionable la narrativa de la inevitabilidad.
En diversas latitudes, gobiernos que parecían inexpugnables fueron desplazados por fuerzas políticas que, años antes, eran consideradas irrelevantes. Lo determinante no fue únicamente la acumulación de recursos materiales o el desgaste administrativo del poder. Lo decisivo fue la ruptura psicológica de la percepción de invulnerabilidad.
Comprender el fenómeno del gaslighting político permite distinguir entre la realidad objetiva y la realidad percibida. La primera se mide mediante indicadores concretos: aprobación presidencial, estructuras territoriales, control legislativo, capacidad organizativa y recursos disponibles. La segunda se construye a través de narrativas, símbolos, expectativas y emociones colectivas.
Y es precisamente en ese terreno donde se libran muchas de las batallas decisivas de nuestro tiempo.
La oposición enfrenta un desafío monumental cuando compite contra un oficialismo fuerte, bien organizado y respaldado por resultados tangibles. Negar esa realidad sería un error analítico. Pero también lo sería asumir que la fortaleza del adversario equivale a una garantía de permanencia histórica.
El verdadero triunfo de un poder dominante no consiste en derrotar a sus adversarios en las urnas; consiste en convencerlos de que la victoria es imposible antes de que llegue el día de la elección.
La gran lección de la psicología política es que las sociedades cambian cuando los ciudadanos dejan de comportarse como espectadores de una realidad inmutable y asumen nuevamente su condición de protagonistas de la historia.
Desalojar del poder a grupos políticamente dominantes siempre será una tarea compleja. Nunca ha sido fácil ni lo será. Sin embargo, la historia demuestra que lo aparentemente imposible suele comenzar cuando alguien se atreve a cuestionar una verdad que todos daban por definitiva.
Porque allí donde termina la manipulación de la conciencia colectiva, comienza la posibilidad real del cambio político. Y cuando una sociedad recupera la confianza en su capacidad de decidir su propio destino, ninguna estructura de poder, por sólida que parezca, puede considerarse eterna.

Por Juan Belén
El autor es psicólogo y analista político.