Entre boliches, rambla y memoria, un país que late en resistencia cultural
La muerte del Negro Rada no solo apagó una voz; encendió una memoria. En sus tambores resuena la historia de un Uruguay que aprendí a mirar desde la diplomacia y al que hoy regreso a través del recuerdo y el desahogo.
La partida del Negro Rada reabrió en mí un viejo mapa de memorias. Sus canciones fueron mucho más que música: fueron tambores que marcaron un puente étnico entre blancos y negros, un latido profundo que ayuda a comprender la sociología de un país diverso, plural y resistente.

El Lobo Núñez, arquitecto de tambores y guardián del patrimonio cultural, representa esa voluntad de preservar lo esencial. Sus manos han dado forma a la memoria sonora de Montevideo, elevando el candombe a símbolo de identidad nacional y recordándonos que la cultura también es política, porque en ella se expresa la memoria, la identidad y la resistencia de los pueblos.
Los boliches, refugios nocturnos casi obligatorios, son espacios donde la vida social se desnuda. Allí, la izquierda y la derecha se encuentran y se confrontan menos desde los discursos que desde la convivencia, entre copas, guitarras y conversaciones interminables. Son lugares donde el pan y el vino se convierten en metáforas de lo compartido, de aquello que nos une más allá de nuestras diferencias.
La rambla, alfombra mojada de esperanzas, es el escenario democrático por excelencia. Caminarla es recorrer la historia de una nación que se abre al mar como quien se abre al futuro. Es lujo urbano y sencillez popular al mismo tiempo; un espacio donde la diplomacia deja de ser protocolo y se vuelve humana, cotidiana, cercana.
Hace 23 años, mi paso por Uruguay me regaló amigos multicolores y una visión de país que hoy se transforma en homenaje. Mi grok del Uruguay —mi manera de comprenderlo— es descubrirlo en su esencia: un territorio donde la música, la política y la convivencia se entrelazan en un tejido social único.

En ese tejido, Rada y Núñez siguen recordándonos que la cultura puede ser una de las más altas formas de resistencia.
Uruguay no se explica solamente con cifras ni con discursos. Se explica con tambores, con boliches y con la rambla. Se explica con la memoria viva de quienes nunca aceptaron callar.
Y quizás por eso, cuando el tambor suena, no solo escuchamos música: escuchamos la memoria de un pueblo que decidió seguir latiendo.

Por: Juan Belén
El autor es psicólogo y analista político.