Opiniones

Renacimiento apocalíptico

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La estética de la aceptación en la era de la inteligencia artificial

Por Juan Belén

En las últimas semanas se ha vuelto cada vez más frecuente un gesto aparentemente trivial: personas de distintas edades, profesiones y procedencias comienzan a compartir imágenes de sí mismas reinterpretadas por inteligencia artificial. No se trata ya de filtros ni de retoques cosméticos convencionales. Lo que emerge es algo más profundo: una reconfiguración simbólica del rostro humano.

El fenómeno llama la atención no por la tecnología empleada, sino por la notable uniformidad de los resultados. Rostros serenos, expresiones amables, edades ambiguas, pieles sin marcas visibles de desgaste o conflicto. Una estética cuidada, correcta, difícil de rechazar. No hay violencia en estas imágenes; tampoco hay fricción. Todo parece diseñado para ser aceptado sin resistencia.

Nada de esto es casual

La inteligencia artificial no imagina desde la biografía ni desde la experiencia vivida. Imagina desde el promedio. Aprende a partir de millones de imágenes y genera una síntesis estadística de lo que ha sido más visto, más compartido, más aprobado. El resultado no es un retrato fiel, sino un rostro consensuado: una forma humana suavizada, optimizada, armónica.

Aquí comienza lo que podríamos denominar un renacimiento apocalíptico

 Renacimiento, porque el ser humano se descubre capaz de reinventarse visualmente, de proyectarse más allá de su cuerpo situado, de su edad real, de su contexto inmediato. Apocalíptico, no en el sentido de catástrofe, sino en su acepción original: revelación. Se revela que la identidad tal como la entendíamos— puede ser ajustada, pulida y, eventualmente, desplazada hacia una versión más aceptable de sí misma.

Este nuevo imaginario no elimina la diversidad de manera explícita. No censura rasgos ni prohíbe expresiones. Simplemente las diluye. La aspereza se vuelve innecesaria. La singularidad intensa se vuelve incómoda. La historia inscrita en el cuerpo —arrugas profundas, gestos duros, marcas culturales visibles— se vuelve prescindible.

El resultado recuerda a una estética conocida y persistente: la del folleto cuidadosamente diseñado, donde todas las personas sonríen de forma similar, donde nadie parece envejecer con dificultad, dudar o discrepar. Un mundo visualmente ordenado, sin tensiones aparentes, donde el conflicto no desaparece por imposición, sino por falta de representación.

No se trata de una crítica moral ni de una condena tecnológica. Tampoco de un juicio sobre quienes participan de esta tendencia. Se trata de una observación cultural: estamos transitando hacia un mundo más suavemente aceptado, más homogéneo, donde la diferencia no se elimina por la fuerza, sino por la ausencia de incentivos para mostrarla

La pregunta, por tanto, no es si este proceso es bueno o malo. La pregunta es más sutil y, precisamente por eso, más inquietante:

¿Qué ocurre con lo humano cuando lo que no puede ser optimizado deja de ser visible?

La inteligencia artificial no impone esta estética; la refleja y la amplifica. Funciona como un espejo nuevo, uno en el que el ser humano aparece menos contradictorio, menos situado, menos incómodo. Un espejo en el que todos caben, siempre que acepten parecer suficientemente aceptables.

Tal vez estemos asistiendo al nacimiento de una nueva forma de representación del yo. No épica, no trágica, no heroica. Una representación pastoral, serena, sin aristas. Un renacimiento que no irrumpe con estruendo ni destruye lo anterior, sino que lo reemplaza suavemente, casi sin resistencia.

Un renacimiento que no llega como una revolución, sino como llegan las transformaciones verdaderamente profundas: en silencio.

Por Juan Belén

El autor es psicólogo y analista político.

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