Por Felipe Castro
De ser una colonia sometida por la monarquía del emperador de Francia, Luis XVI, a un régimen esclavista de barbarie. Saint Domingue, por su gran producción de azúcar era una de las colonias más prospera del mundo. En esa media Isla inspirada por la revolución francesa del 1789, tras el intento de huida de Luis XVI, se desató un movimiento republicano que promulgó la Constitución del 1791, en la que se postuló como símbolo la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”.
En esa época, se establecieron los principios de libertad, igualdad y fraternidad. En 1804 se constituyó en el primer país de América Latina y el Caribe en lograr su independencia de la colonización europea. Esta revolución, liderada por figuras como Toussaint Louverture y Jean-Jacques Dessalines, quienes encendieron la chispa de la lucha por la libertad y la abolición de la esclavitud, logrando un impacto significativo en la historia de la región, lo que, como en cascada, descolonizó la mayor parte del continente americano.

Haití es una verdadera paradoja de la historia, ya que, al ser una de las colonias más prosperas del mundo, en la época en que descolló la ilustración, con luces en la terrible oscuridad humana, donde podemos citar a: Voltaire, Montesquieu, Rousseau, Diderot, D’Alembert, Hume, Kant, Adam Smith y Beccaria. Sin embargo, hoy está convertida en un conglomerado social al estilo de las hordas de la época de la barbarie, donde imperaba el derecho natural con la ley del más fuerte sobre los débiles, así de simple y verídica es la triste realidad del vecino Haití.
Parece ser que la situación haitiana está influenciada por tres conceptos filosóficos; La paradoja de Teseo o Barco de Teseo, que reflexiona sobre la identidad de un objeto y cómo cambia con el tiempo, depende de la materia, de la forma, de la función o de otros factores.
El inconsciente en el psicoanálisis de Sigmund Freud, cuya teoría plantea que, una parte de la mente que contiene impulsos, deseos, recuerdos y pensamientos fuera de la conciencia, esté inconsciente, según Freud, influye significativamente en nuestras emociones, comportamientos y acciones, aunque no seamos plenamente conscientes de ello.

Stephan Candie, el mayordomo negro que odia a los negros esclavos.
Tal es el Síndrome de Stephan Candie, basado en la narrativa de la película “Django sin cadenas”, donde, en una de sus escenas, un esclavo negro de nombre Stephan, propiedad de Calvin. J. Candie, se enfurece al ver a un negro bien vestido y montado a caballo, porque entiende que el hecho de ser negro su destino natural debe ser la esclavitud eterna. En ese mismo contexto, afirma Popper que “la tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Tenemos por tanto que reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar la intolerancia”.
El desorden social haitiana está más cerca de cualquier cosa, menos de ser reconocido como un Estado, porque un Estado es un concepto político referido a una forma de organización social, que cuenta con instituciones soberanas, que regulan la vida de una cierta comunidad de individuos en el marco de un territorio nacional.

En cambio, Haití es un conglomerado social con una fortaleza medular histórica para convivir paradójicamente unido en su propia división, con una elite económica e intelectual beneficiaria del barril sin fondo de dólares donados por los organismos multilaterales, para mitigar la profunda pobreza en la que esa élite ha sometido a ese pueblo, cuya pobreza es su más rentable negocio.
El poder factico esclavizante haitiano se encuentra enredado en su propia tela de araña, ya que están esclavizados por la inseguridad y el terror de las bandas que ellos mismos fomentaron por no tener un sentido unificado de cuerpo estatal, democrático y soberano funcional que le guie a un desarrollo sostenible.

Por Felipe Castro
El autor es abogado y analista político.