Por Felipe Castro.
En la carrera por la vida, no es posible alcanzar metas en ausencia de obstáculos. Nuestra galopada empieza antes de existir, ya que, como micros organismos, se emprende el maratón de millones de moléculas para insertarse en la sustancia que se combina para la existencia de la vida.
No hay éxito sin obstáculo; a veces el mayor obstáculo para un propósito es el exceso de confianza del excelso que, traicionado por su inconsciente, se embriaga de infalibilidad, entendiéndose asimismo como todo poderoso, sin detenerse a pensar que la perspicacia es exclusiva del club de los dioses, y que es el único lugar donde hay ausencia de la ignorancia.

Dando espacio a la dialéctica, definimos la ignorancia como circunstancial al ser, símbolo despectivo sin razón y quien la desdeña se ahoga en ella. La ignorancia es el pensum prosódico de la vida. Para alcanzar el conocimiento, nunca en su plenitud, la ignorancia es la sal que le da sazón al gusto de la sabiduría, es el aderezo que nace con el hombre y muere con él. Solo el inexistente carece de ignorancia y admite desprender parte de ella, cuando se adquiere área del conocimiento.
En esa virtud no se puede soslayar el principio filosófico que se define asimismo como que, “no hay nada bueno que no tenga algo malo”, poniendo como ejemplo a poros, producto del amor de los dioses de la mitología griega, simbolizando la abundancia y la pobreza; representado en Eros y Penia como dioses del amor y la pobreza.

El exceso de confianza ha sido fuente del fracaso de entes con poderes de excepción. Citamos como ejemplo, la narrativa de la mitología griega del “Talón de Aquiles”, donde el legendario Aquiles, después de deshonrar al Rey de Troya, cuando éste fue a su morada a implorarle que le entregara el cuerpo de su hijo, caído en un duelo contra Aquiles, con el fin de darle sepultara a la altura de su investidura.
Luego de eso, el todo poderoso, Aquiles, confiado en su título de poder, con lo que mancilló ejércitos y conquistó reinos, no para obtener riqueza material, sino para alcanzar la gloria eterna. Creyéndose indetenible, se puso como meta conquistar el pequeño y digno reino de Troya. No la conquistó; la destruyó, provocando que Paris, príncipe troyano, sin carácter de dicho reino, lo impactara mortalmente con una flecha, en la debilidad de su fortaleza; en el Talón de Aquiles.
No es un hecho aislado, tanto en la vida, la guerra como en la política, que se subestime a los que se creen que son débiles en armas estratégicas del conocimiento o talentos. Hay quienes en la búsqueda del poder político, se reiteran en el discurso desdeñoso frente a sus contrarios, sin entender que esa actitud minimiza el debate y crea una percepción de indignación de un segmento importante de la población contra el exponte en cuestión.
El propósito más sublime del hombre, es la majestad de alcanzar el poder político. Quien lo pretende debe enforcase en la combinación de factores sociales, políticos, económicos y de información, así como en la legitimidad y la capacidad de ejercer influencia sobre otros. El poder se construye y se ejerce a través de relaciones sociales, y su existencia es fundamental para el mantenimiento del orden social.
Otro elemento, no menos importante, es el discurso que su característica debe ser idílica y cargado de esperanza, no tiene que ser como la retorica del gran Demóstenes, sino que sea un discurso alejado de prejuicios y de cualquier chispa que denote en el emisor prejuicio, asomo de ínfula o la percepción de un vacío existencia.

Lic. Felipe Castro
El autor es abogado y analista político