Opiniones

El Quijote de San Pedro

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La historia del antiabogado que logró el triple salto mortal hacia el ridículo

En el inicio del proceso, el señor Nelson Montero parecía la joya jurídica prometida para la familia Severino. Pero pronto se reveló como un experimento fallido entre el abogado de pacotilla, actor frustrado y protagonista de un culebrón sin audiencia.

Desde que abrió la boca en el primer turno al bate, ya olía a pólvora mojada: un togado que confundía la ambición con rabia, la estrategia con berrinche y la ética con un accesorio opcional, como quien se pone una corbata barata para parecer serio.

Lo que debía ser una defensa seria terminó en una comedia involuntaria. Nelson Montero, atrapado en su propio espejismo, se vio a sí mismo como una especie de Don Quijote versión cañaveral: un hidalgo sin hidalguía, montado no sobre Rocinante, sino sobre su ego inflado, su única montura disponible, arremetiendo no contra molinos de viento, sino contra molinos de caña, papeles, sillas, colegas, clientes y cualquier criatura que le llevara la contraria.

Jorge Garrido junto a Nelson Montero, quienes pretenden secuestrar la Sucesión Severino para su propios beneficios.

Pero la gran función vino después: este personaje quijotesco, cuando se quedó sin enemigos externos, decidió que su próximo rival serían sus propios defendidos.

Una vez los familiares le rechazaron que este señor se apropiara de una cantidad de terrenos en litis, a los que pretendió sacarle titulo sin haber terminado el proceso judicial que lleva a cabo, se paró frente a ellos como un gallito desplumado, espada en mano, con dos escuderos que no sabían si apoyarlo, esconderse o pedir perdón por haber llegado a ese circo.

El desenlace lo escribió la justicia: un tribunal de Hato Mayor, harto de su show de pueblo, le cortó la toga sin contemplación, dejándolo con la misma dignidad que un gallo derrotado en un palenque: desnudo de gloria y con el rabito de la vergüenza colgándole entre las piernas.

Así termina la tragicomedia del togado que quiso ser héroe, terminó de bufón municipal, y logró la hazaña de perderlo todo: la cabeza, la razón, la vergüenza… y hasta la ilusión de que alguna vez fue abogado.

Por Juan Belen

El autor es psicólogo y analista político.

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