Por Felipe Castro
En los albores políticos los cambios sociales se dan a pasos de tortugas, por la complejidad misma de la dinámica social en la que el ciudadano, con justa razón, desconfía de los postulantes a puestos de poder en el Estado, por la lentitud de respuesta de éstos, a sus necesidades básicas, las que los políticos postergan de periodos en periodos, generando un círculo vicioso en sus propuestas incumplidas.
La desconfianza justificada de los electores, hacia los que se proponen para gobernar, se ha traducido en que los electores, se apresuran a cobrar ante de votar, practica a la que llamamos “clientelismo político”, es decir, hacer proselitismo político a cambio de pequeñas migajas cuya significancia se podría reducir a un “pica pollo”, “500 pesos” o las insólitas “rayitas” de alucinantes a una determinada masa sumida en el terrible vicio de las drogas.
Ese conjunto de malas prácticas utilizadas por políticos insensibles, ha desnaturalizado la pureza de la política, por la irresponsabilidad consuetudinaria de casi la universalidad de los políticos frente a una ciudadanía aparentemente empoderada, que hizo sus aportes, en campañas políticas y acudiendo el “Día D” a sufragar su voto y los de otros a los que ha movilizado, tal vez con los mismos criterios con los que él recibió aquella motivación cargada de múltiples promesas, que por lo general son todas incumplidas.

Ilustración del clientelismo político usado por los partidos para que los electores acudan a las urnas a depositarles sus votos.
En esencia, la “política” es el arte y la práctica de influir en la toma de decisiones de un grupo, especialmente en el gobierno de un Estado. Implica la gestión de recursos, la distribución de poder y la gestión de conflictos para alcanzar objetivos colectivos. Es una actividad, que quien se dedica a ella, lo hace confiando en el azar, dedicándole el mayor tiempo de su vida, quitándole calidad a la misma, con un alto grado de posibilidad de no ser retribuido por la labor política realizada, que, si temor a dudas se puede decir que, en principio dicha labor es altruista.
No obstante, al llegar al poder se desnaturaliza el fin primigenio de la realpolitik (política realista, que es la política o diplomacia basada principalmente en consideraciones de circunstancias y factores dados, en lugar de nociones ideológicas explícitas o premisas éticas y morales), donde se cambia el fin colectivo por lo que se luchó, por el interés meramente personal. A este respecto, la política comparte aspectos de enfoque filosófico de realismo y pragmatismo.
A lo que a menudo se le denomina simplemente «pragmatismo» en política, «siguiendo políticas pragmáticas”. También coexiste un sector de supuestos técnicos parasitarios, sin sentido de humildad, ni respeto al trabajo ajeno, oportunistas consumados que no aportan ni su voto para alcanzar el poder y se constituyen en beneficiarios del esfuerzo ajeno, en la mayoría de los casos llenos de ínfulas, quienes luego se erigen en verdugos de los que lucharon con sangre y sudor para alcanzar el poder.
Para conseguir el poder, lo fundamental es crear una estructura orgánica, en cuya cabeza estén dirigentes, con sentido de responsabilidad, de incuestionable lealtad y que tengan confianza en el éxito de su candidato.
Por su parte, el candidato presidencial que pretenda llegar al poder, si desconoce los fundamentos de la realpolitik, su trayecto será incierto. Si opta alcanzarlo desde la oposición con un elector ferozmente clientelar, la vía será difícil, no imposible, ya que, si el candidato es agradable en el discurso, exquisito en el trato con la gente y coherente en sus principios que son los iconos de encantos atractivos a los oídos de las personas, como lo es el polen a las ovejas.

Ilustración de un líder político frente a una concentración con sus seguidores en tiempos electorales.
Además de estas cualidades, el líder debe tener el más alto sentido de gratitud, apegado siempre a la meritocracia: debe tener el espíritu de la añoranza hacia sus seguidores como la más feroz de la fiera con su descendencia. El líder no puede buscarle defectos cognitivos de las áreas técnicas a sus seguidores para la dirección del Estado, que le imposibilite una posición en el gobierno, sino se las encontró en el tormentoso recorriendo junto a él, en la búsqueda del poder alcanzado.
El político que no empodera a su ejército estando en el poder, se auto condena al fracaso, porque en un mundo sin barrera comunicacional semióticamente, la suma se convierte en resta, ya que la política es un ejercicio público, que alrededor del líder se genera un coctel de figuras icónicas que simbolizan su proyecto político. Y si el líder desdeña a sus más cercanos colaboradores que los acompañaron en el terrible infierno de la oposición, alejándose de ellos cuando está en la gloria, sus adversarios, ni tontos ni perezosos se aprovecharán de dicha situación, mediáticamente, para dañar la posibilidad de éxito del líder que desdeñe a su círculo más cercano.
Es correctísimo que, al llegar al poder los líderes que encabezan corrientes con el propósito de alcanzar el solio presidencial, al ser nombrados en un ministerio o dirección, se hagan acompañar de sus colaboradores más cercanos, sin sesgos de tecnicismos, esa actitud proyecta en el líder un alto sentido de gratitud y reconocimiento al sacrificio colectivo con que se logró el poder.
Soy consciente que la belleza de la comunicación es la objetividad, aunque en el argot político ser objetivo es como volar rompiendo la ley gravitacional sin tener alas.
Como dice un principio filosófico.

El autor es abogado y analista político.