Luperón y Martí en el alma de Las Antillas

Por Jorge R. Zorrilla Ozuna

Mayo es mes de vida, de lluvias que acentúan la naturaleza maravillosa del trópico antillano. Y para nosotros, amantes de la memoria histórica de nuestros pueblos, es también un mes de perpetua recordación y honra a esto dos hombres en cuyos ideales se resume la esencia de dos pueblos: Gregorio Luperón y José Martí.

El Apóstol de la independencia cubana, cayó en combate en los potreros de Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, al iniciarse apenas la última guerra de liberación americana del siglo XIX. Dos años y tres días después, se despidió del mundo terrenal el gran militar, político y estadista dominicano a quien el pueblo agradecido identificó como La Espada de la Restauración. Ambas muertes representan, sin embargo, el nacimiento de una nueva República al concierto de los pueblos libres, y la resurrección de la República fundada por Juan Pablo Duarte, que había querido ser enterrada para siempre al anexarla a la vieja e incapaz metrópolis que nada tenía ya para brindarle como no fuera el regreso a un pasado de oprobio, vejaciones y abandono.

Martí dejaba tras de sí un ideario profundamente humanista, liberador y universal. Su prosa y sus versos recorrieron los bastos territorios de las Américas y fue también conocido en Europa. Sus pasos de peregrino incansable dejaron su huella no solo en las principales avenidas de muchas de nuestras grandes ciudades, sino también, en olvidados vericuetos de nuestros montes y veredas. Pensó y sintió como un gigante, pero no olvidó que debía convivir entre los hombres y por lo tanto actuar en consecuencia. Fue de todas formas un iluminado. Amó a la América entera tanto como a Cuba, y defendió el derecho de nuestros pueblos a ser libres, prósperos y dichosos gracias a la laboriosidad y la nobleza de sus hijos. Entre esos pueblos, República Dominicana tuvo siempre un lugar especial en su inmenso corazón.

Luperón contribuyó desde su juventud y su bravura a restaurar la república traicionada y subyugada, honrando con sus actos y sus ideas a los padres fundadores de la patria. No se limitó solo a procurar la libertad y la independencia dominicanas, sino que contribuyó con efectividad y entusiasmo a la lucha por la independencia de Cuba y Puerto Rico. Acogió bajo su techo a otros grandes antillanos que llegaron a su puerta en demanda de solidaridad y apoyo. Entre ellos es obligado mencionar al Dr. Ramón Emeterio Betances, Padre de la Independencia de Puerto Rico; al gran maestro de América, Eugenio María de Hostos, boricua como Betances y universal como Martí; Antonio Maceo, el Titán de Bronce de las guerras de independencia de Cuba, nieto de dominicanos; al gran estratega banilejo y General en Jefe del Ejército Libertador cubano, Máximo Gómez, y a muchos más cuya lista sería interminable.

Desde las playas de Puerto Plata se lanzaron a la conquista del sueño de crear la Confederación de las Antillas como único modo de protegernos mutuamente de las ambiciones de las grandes potencias de Europa y Norteamérica, situación esta que ha sido desde tiempos inmemoriales nuestro gran desafío por encontrarnos en lo que el profesor Juan Bosch denominó la “frontera imperial”.

Fuertes de carácter, bravos de corazón, gigantes de pensamiento, han tenido que ser los hombres que ubicados en lo que Hostos y Martí llamaron “el fiel de América”, supieron enfrentarse sin miedo a los enormes desafíos que la vida les puso delante. Luperón y Martí pertenecieron a esa clase de hombres. Y del esfuerzo de sus luchas cotidianas, tanto en el combate como en la tribuna, perduran todavía la identidad, la cultura y la historia de nuestras naciones.

Por todo lo anterior siempre decimos que, a pesar de que en mayo solemos conmemorar la muerte física de estos dos grande antillanos, en realidad debemos celebrar la vida que ambos insuflaron a sus pueblos y a la historia común de gloria y de dolor de estas islas acostumbradas a enfrentar vendavales y ciclones, sin perder la belleza de sus playas ni el orgullo de sus palmas.

Como diría en uno de sus memorables discursos el Apóstol Martí: “Cantemos hoy, ante la tumba inolvidable, el himno de la vida”, porque Luperón y Martí viven y vivirán para siempre en la gratitud de sus conciudadanos y de toda la América.

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