Por: José Rafael Padilla Meléndez
La escuela dominicana necesita una mirada exigente. También merece una mirada completa. Cuando una estadística se desprende de su contexto y se convierte en sentencia contra todo el magisterio, el debate pierde precisión y la sociedad pierde una oportunidad de comprender.
La reciente Evaluación del Desempeño Docente exige distinguir sus resultados. El Ministerio de Educación informó un promedio general de 85.4 puntos, con un 22 % en los niveles insuficiente o regular. En el Ejercicio de Rendimiento Profesional, un componente específico, el 58.4 % obtuvo nivel insuficiente y el 16.7 %, regular: juntos representan el 75.1 %. Presentar esta última proporción como fracaso en toda la evaluación altera su significado.
El resultado de ese componente es preocupante. Reconocerlo forma parte de una defensa honesta del magisterio. Del mismo modo, el promedio global no borra las debilidades detectadas. Ambas cifras obligan a examinar las competencias evaluadas, las ponderaciones y las necesidades de formación.
En medios y plataformas digitales, la brevedad puede convertirse en simplificación. Confundir participantes con docentes de bajo desempeño, reunir categorías distintas bajo una sola etiqueta o generalizar un resultado parcial desorienta al público. Sea por descuido o por una lectura selectiva, el efecto es el mismo: una información incompleta termina pareciendo una verdad definitiva. La intención requiere pruebas; la imprecisión exige corrección.
Las comparaciones internacionales también demandan cuidado. PISA evalúa aprendizajes de estudiantes; la evaluación docente examina el desempeño profesional. Sus resultados no son intercambiables.
La evidencia permite reconocer avances sin ocultar rezagos. Según la UNESCO, República Dominicana, Brasil y Perú registraron mejoras estadísticamente significativas en todas las áreas y grados evaluados por el ERCE entre 2013 y 2019. La nota dominicana de PISA 2025 señala resultados aproximadamente similares a los de 2022, aunque matemáticas y ciencias permanecieron por encima de 2015 y 2018. Sin embargo, solo el 9 % alcanzó el nivel básico en matemáticas, frente al 65 % del promedio de la OCDE. El progreso existe; la distancia sigue siendo profunda.
Tampoco basta afirmar que antes se aprendía más. La memoria suele conservar a los alumnos sobresalientes y olvidar a quienes quedaron atrás. Comparar generaciones requiere medidas equivalentes y considerar quiénes accedían a la escuela y lograban permanecer en ella. La nostalgia puede iluminar una experiencia; no sustituye la evidencia.

El aula recibe, cada mañana, las desigualdades del país.
El estudiante llega con sus conocimientos y sus preocupaciones, con lo que pudo comer, con el descanso que tuvo y con el acompañamiento disponible en su hogar. Hay familias que hacen esfuerzos enormes mientras el trabajo les consume el día. Estas circunstancias deben comprenderse sin estigmatizar: la pobreza no determina la capacidad de aprender, ni un hogar monoparental equivale a abandono.
La UNESCO encuentra asociaciones entre los aprendizajes, las condiciones socioeconómicas, la asistencia escolar y el acompañamiento familiar. También identifica mejores resultados vinculados con docentes que preparan sus clases, apoyan al estudiante y ofrecen retroalimentación. El contexto importa, y la enseñanza también.
Las dificultades familiares no justifican automáticamente una debilidad profesional. Sí impiden atribuir al maestro, de manera exclusiva, cuanto ocurre con el aprendizaje. Exigir resultados sin examinar las condiciones es juzgar la cosecha sin mirar el terreno.
También hay aportes que merecen atención. En PISA 2025, el 89 % de los estudiantes dominicanos declaró que su profesor de ciencias mostraba interés por el aprendizaje de cada alumno, frente al 69 % del promedio de la OCDE. Son percepciones, sujetas a diferencias culturales de respuesta, pero constituyen evidencia de acompañamiento que debe formar parte del balance.
La responsabilidad alcanza a todos. Al docente le corresponde actualizarse y corregir sus deficiencias; a las autoridades, garantizar formación, seguimiento y condiciones para enseñar; a quienes comunican, verificar antes de generalizar.
Después de décadas en las aulas, no reclamo indulgencia para el magisterio. Reclamo rigor para evaluarlo y responsabilidad para interpretar sus resultados.
La dignidad docente no necesita estadísticas maquilladas. Necesita que se lean completas. El aula no cabe en un titular, y el futuro de nuestros niños merece una conversación a su altura.

Prof. José Rafael Padilla Meléndez
El autor es docente y analista político.