Nuestra Señora Virgen de la Altagracia

 

Por May. Gral. (r) Jorge Radhames Zorrilla Ozuna

Todos los devotos de Nuestra Señora Virgen de la Altagracia, la advocación religiosa más difundida y arraigada en nuestras clases populares, aportaron su óbolo para hacer posible la ereccion del templo en el mismo lugar en que en 1505, hizo su milagrosa aparición la Excelsa protectora de la República Dominicana, en la provincia de Higuey; en honor a ella se erigió la Basílica, donde quedó consagrado desde su construcción como un Santuario para fortalecer la Fe Católica del pueblo Dominicano.

Son muchos los pueblos del continente que rinden cultos a la madre de Dios a través de una advocación determinada. La veneración popular se manifiesta en Cuba en el culto a la Virgen del Cobre, en Colombia en la de Virgen de Chiquinquira y en mexico en la Virgen de Guadalupe. En cada una de esas advocaciones la Fe Cristiana de nuestros pueblos se manifiesta con devoción y fervor acendrado.

En nuestro país a diferencia de lo que ocurre con el culto a la Virgen María en otras regiones del Hemisferio; no solamente creen con Fe sencilla y Robusta en nuestra señora de los milagros, sino que también la identifica con la propia imagen de la Patria y cifra en su augusta grandeza la súpervivencia de la República y la perdurabilidades de los destinos nacionales.

La Virgen de la Altagracia no sólo está presente en todos los hogares Dominicanos y no solo es inseparable del corazón de cada uno de sus hijos de nuestra tierra, sino que también alienta en el culto cívico que se rinde a cada uno de los próceres de nuestra vida republicana y las notas del himno en que se loa gesta incomparable de la independencia dominicana.

El pueblo dominicano, como lo demuestran las reacciones del alma popular ante el cúmulo de vicisitudes que han agobiado al país desde los días de la colonia, hasta nuestros días, ha sentido vacilar muchas veces la fe, en sus hombres, en sus instituciones y en sus destinos inmediatos.

La única Fe que no se ha marchitado nunca en el alma nacional es la Fe en Dios, cuya bondad infinita se haya representada para la mayoría de nuestros compatriotas en la Virgen de la Altagracia, erigida en la Madre de la República, por una ley que está escrita en el corazón de todos los dominicanos y que no podía ser borrada de ninguno de ellos sin destruir nuestra propia y sin quebrantar las bases en que descansa, desde sus orígenes.

Lo qué hay de extraordinario en el culto de nuestra divina protectora es que esa devoción, lejos de amenguar, como han disminuido tantas cosas en el mundo; tal como estamos viviendo desde hace dos años  en toda la humanidad la pandemia del COVID-19, invalidando de un extremo a otro por una tremenda ola de escepticismo. Pero lo que crece y se afianza cada vez más en nuestras clases populares es la Fe por nuestra divina Protectora La Virgen de la Altagracia.

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