Por Juan Belén
Por décadas, la historia política ha demostrado que uno de los mayores riesgos para quienes detentan el poder no proviene únicamente de adversarios externos visibles, sino de un fenómeno mucho más silencioso y corrosivo: la incapacidad de reconocer el peligro cuando aún es posible evitarlo. Esta condición, conocida como negación del riesgo, suele instalarse cuando el liderazgo se prolonga, el entorno se vuelve progresivamente hostil y la autopercepción del poder sustituye a la lectura objetiva de la realidad.

En el actual contexto geopolítico, el caso del exmandatario venezolano Nicolás Maduro resulta ilustrativo. La evolución de su situación política evidencia una combinación peligrosa de rigidez cognitiva, subestimación de las consecuencias y una desconexión cada vez más profunda con la realidad nacional e internacional. Durante años, señales claras de aislamiento diplomático, sanciones crecientes, deterioro institucional y pérdida de legitimidad interna y externa fueron reinterpretadas no como advertencias estructurales, sino como agresiones coyunturales que podían resistirse indefinidamente.
Esta lectura —más narrativa que estratégica— permitió sostener un discurso de fortaleza hacia el interior, pero debilitó severamente la capacidad de maniobra hacia el exterior. En geopolítica, resistir no equivale necesariamente a avanzar, y permanecer no siempre significa gobernar. Cuando el poder se apoya más en la inercia que en la legitimidad, comienza a erosionarse desde sus propias bases. En ese punto, el aislamiento deja de ser una amenaza abstracta y se convierte en una realidad tangible, mientras antiguos leales continúan su curso político con gestos de fidelidad cada vez más vacíos y rituales.
Uno de los errores más recurrentes en estos escenarios es sobrevalorar alianzas circunstanciales y subestimar los límites reales del sistema internacional. La creencia de que ciertos apoyos externos garantizan impunidad o estabilidad permanente suele ignorar una verdad elemental: los intereses geopolíticos no son lealtades eternas, sino ecuaciones cambiantes. Cuando esas ecuaciones se modifican, quienes no supieron anticiparlo quedan expuestos. Del cénit del poder al encierro de la soledad política, el tránsito suele ser rápido y despiadado.

La negación del peligro rara vez se rompe de forma gradual. Por el contrario, suele hacerlo de manera abrupta, cuando las consecuencias dejan de ser hipótesis y se transforman en hechos consumados. En ese momento, las opciones se reducen drásticamente y el margen para decisiones inteligentes se estrecha. Lo que pudo resolverse mediante negociación, apertura o rectificación termina enfrentándose desde la vulnerabilidad y el desgaste extremo.
Este fenómeno no es exclusivo de un país ni de un liderazgo en particular. Constituye una advertencia universal sobre los riesgos del poder prolongado sin autocrítica. La historia demuestra que confundir resistencia con estrategia y permanencia con fortaleza suele conducir a desenlaces costosos, tanto en lo político como en lo personal.
En política internacional, la negación no protege: solo posterga el desenlace y multiplica sus costos. Reconocer el peligro a tiempo no es un acto de debilidad, sino el último gesto de lucidez capaz de evitar que el poder termine convirtiéndose en una trampa sin salida.

POR: M.A. JUAN BELEN
El autor es psicólogo y Magister en Asuntos Municipales