Por Felipe Castro
La reunión de los expresidentes de la República con el presidente Luis Abinader, a iniciativa del primer mandatario, efectuada el pasado 14 de mayo, con el fin buscarle una salida consensuada a la inmigración irregular, ‘’específicamente al trasiego de haitianos hacia este lado de la Isla’’, generó una especie de algarabía colectiva, como que, si con eso se resolverán los problemas ancestrales que tienen que ver con la falta del desarrollo pleno del estado de derecho, que por el irrespeto a la institucionalidad democrática nos han mantenido girando sobre el punto más bajo del subdesarrollo.

Es de justicia aplaudir la noble iniciativa del presidente Luis Abinader, ya que desde que asumió el poder en el 2020, ha tenido una marcada preocupación por resolver problemas coyunturales, como ponerle muro en vez de puente a la reelección presidencial por más de dos periodos y el sincero interés de frenar el éxodo masivo de haitianos a nuestro país.
Ese flagelo migratorio ha contado con el contubernio y la responsabilidad del propio Estado dominicano, porque históricamente han sido nombrados como cónsules a personas carentes de formación ética en demarcaciones importantes del vecino país, quienes en vez de representar con dignidad nuestra nación, han sido dignos representantes de sus bolsillos. Así como otros ciudadanos y autoridades irresponsables que, por ser un subproducto de un Estado en vía de desarrollo hacen lo propio.
El aspiracional natural del colectivo social, es alcanzar el desarrollo pleno. Implementando un régimen de seguridad social que cubra las necesidades presentes y futuras de los ciudadanos, que exista un sistema de educación que sobrepase la media del informe Pisa, apéndice de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que el crecimiento económico le impacte positivamente, que la seguridad ciudadana no esté a meced del capricho del o los funcionarios encargados de fomentarla y fiscalizarla.
La solución de los problemas del país, no puede fundamentarse sobre la base de un pie forzado, la poesía tenemos que reservarla para cuando, como nación, se alcance el desarrollo sostenible que, sin ser escépticos, es difícil creer que se logre con el contubernio de los acreedores de la gran deuda social acumulada.

Para detener la masiva inmigración haitiana, se tiene que implementar un plan de trabajo integral, afín de incentivar el desarrollo económico en las zonas fronterizas y en las zonas más deprimidas del país, comprometiendo al empresariado, a los sectores progresistas con sensibilidad social y a los sectores de salud y educación creadores de la supra estructura y conservación de la vida.
Es valida la gran preocupación de la sociedad, por el masivo trasiego desenfrenado de haitiano hacia este lado de la Isla; pero también debemos tener una pizca de inquietud por el marcado abandono de su hábitat natural de la gente del campo hacia los centros urbanos por la falta de las más mínimas oportunidades de sostenibilidad de vida, lo que ha provocado situaciones negativas, como convertir las áreas urbanas en un verdadero caos social y sus consecuencias, así como la ocupación de esos espacios por los inmigrantes haitianos.
Nos desgastaremos en aplausos hasta la eternidad, cuando el principado del poder, alejado del pragmatismo patológico dejen de dosificar a cuenta gota las obras percibidas como buenas, asumiendo los consejos de Maquiavelo y crear situaciones negativas, según Noam Chomsky, basada en la posverdad y luego salir como el “chapulín colorado” a resolverla sobre la base del falso positivo para irradiar cognoscitivamente en el inconsciente colectivo una percepción positiva de su verdugo.

Por Felipe Castro
El autor es abogado y analista político