Haití en la mirada de José Martí

Por Carlos Rodríguez Almaguer

Es el estigma de la pequeñez propia, el suponer la pequeñez ajena. Jose Martí.

Cuando pensábamos que las épocas oscuras del puñal y el veneno habían quedado atrás, y que la raza humana entraría en razón después de la lección de humildad a que la ha obligado la naturaleza en forma de microscópico y letal enemigo, nos despertamos con la noticia de que en la madrugada del miércoles 7 de julio fue asesinado, alevosamente y en su propia casa, el presidente de Haití.

Parecía imposible que a la República fundada por esclavos despuntando el siglo de las luces americanas le cupiera una desgracia más. Pero no era cierto: le faltaba que el primer magnicidio del siglo XXI quedara reflejado en su historia dolorosa y tremenda.

A propósito de la nueva desgracia, ha regresado a circular por las redes de manera profusa y festinada una referencia peyorativa sobre el pueblo haitiano presuntamente salida de la pluma de José Martí:
Con Haití no hay posibilidad de entendimiento, todas las trivialidades de la ciencia política y económica se estallan contra esa realidad brutal.

Es una cultura de miseria, depredación y pobreza que nos tragará irremediablemente a menos que opongamos una seria resistencia… Apartheid es la única vía. Cierra la frontera o restringe al máximo. Que se invierta todo lo que se quiera internamente en Haití, pero no liguemos los pueblos porque nada bueno saldrá. Haití no es una nación, es
una masa de gente, y con intenciones muy siniestras hacia nosotros.

Cuando hace alrededor de tres años algunos amigos me consultaron sobre la veracidad de esta frase, con solo leerla la rechacé de plano.

Ese estilo burdo que refleja un espíritu xenófobo y lleno de odio, que juzga más de lo que dice y emplea conceptos como “apartheid” que no vieron la luz hasta casi un siglo después, eso no es Martí. Lo negué entonces, lo niego ahora y lo negaré siempre, no solo porque en mis detenidos estudios sobre la vida y la obra de aquel gigante del pensamiento humano jamás he encontrado, ni en sus Obras Completas ni en los nuevos descubrimientos publicados hasta ahora, semejantes diatribas, sino porque esos mismos estudios me proporcionaron algo más que la impresión y la admiración por sus vibrantes y estremecedores conceptos, lo cual es ya en sí una bendición, sino que, analizando más allá de la frase el espíritu que animaba a aquel a quien Gabriela Mistral llamó “el hombre más puro de la raza”, llegué a descubrir la estructura de sus razonamientos, su visión más allá del concepto, y, sobre todo, la infinita capacidad de empatía desde la que podía acercarse a las situaciones más diversas y sacar de ellas conclusiones certeras y, generalmente, positivas: “Cuando he de decir bien, hablo; cuando he de decir mal, callo. Ese es el modo mío de censurar”.

Más tarde una versión de la frase continuaría circulando hasta ahora, pero ya sin el término de marras, pues era evidente que éste revelaría a primera vista su naturaleza apócrifa.

Cuando se llega a semejante identificación con la estructura de pensamiento de otra persona, usted tal vez no pueda adivinar qué habría podido decir ante una situación hipotética, pero usted sí podrá asegurar lo que jamás habría sido capaz de decir al respecto. Porque si algo enseña el estudio de aquel gourmet de las bellas letras, es que las palabras tienen su decoro y sus delicadezas, y tienen en sí el enorme poder de construir o destruir, y que por más brillantes que parezcan, siempre serán una expresión opaca del sentimiento que las anima: “El hombre es superior a la palabra”.

Ni siquiera en los momentos más enervantes de su labor política empleó conceptos extremos contra sus enemigos, fueran estos pueblos o individuos, propios o extraños. Pero hablando específicamente de Haití, de su cultura y de su pueblo, dejó constancia escrita y publicada sobre las impresiones que le causaron sus dos pasos por la tierra de Toussaint y Petión.

Así, por ejemplo, en noviembre de 1892, en una especie de rendición de cuentas sobre su primer viaje como Delegado del Partido Revolucionario Cubano a La Española, hace un recuento ante una concurrida audiencia que se reunió en los salones de la Liga, en Nueva York, para analizar los resultados de su recorrido por Santo Domingo, Haití y Jamaica:
Dos salones tiene La Liga, y los dos estaban llenos.

Y allí, muy al pormenor, respondiendo a lo que se le preguntaba, allí, con todo lo agrio y lo dulce de la verdad, estudió hilo a hilo el delegado que iba como de mero conferenciante sobre temas públicos, lo recóndito y causal de los problemas peculiares de Jamaica, Haití y Santo Domingo.

Él analizó los grados sociales y funestos de las razas; las culpas o razones de este grado y del otro; las causas de la cultura, y las insuficiencias de la cultura meramente literaria; el desacomodo entre la política natural, que arranca de las condiciones del país, y la política parcial y arrogante, aconsejada por la soberbia primitiva o letrada, de unos o de otros. Él habló largamente de los libros y los hombres de Haití, que tiene hombres y libros.

En abril de 1894, en su periódico Patria, escribe Los cubanos de Jamaica y los revolucionarios de Haití, un artículo sobre la organización y procedencia de la Guerra Necesaria que dirigía como líder político, teniendo a su lado como General en Jefe del Ejército Libertador al inigualable estratega dominicano Máximo Gómez.

En este escrito, Martí arremete contra la propaganda colonialista española que procuraba atizar entre los cubanos el miedo al negro y a la guerra de razas, empleando como referencia aterradora a la Revolución Haitiana. Y en ese vibrante y apasionado mentís en el que niega cualquier vínculo de la nueva revolución de Cuba con los dirigentes haitianos, Martí no cae en la trampa de negar ese lazo empleando términos despectivos sobre Haití, sino por el contrario, lo niega porque en verdad tal nexo no existía más allá de la simpatía de muchos amigos haitianos por la causa cubana, pero no conforme con eso, aprovecha la encerrona para destrozar los prejuicios que sobre el pueblo haitiano trataban de azuzar los colonialistas y sus lacayos de dentro y de fuera, y defiende a la nación negra castigada más allá de sus culpas por los que jamás le perdonaron el atrevimiento de ser libre.

Puede afirmarse que ese volcánico rincón ha producido tanta poesía pura, y libros de hacienda pública, jurisprudencia y sociología, como cualquier país de igual número de habitantes en tierras europeas. En cualquier República blanca hispanoamericana. Callarlo sería mentira.

De los hombres haitianos tuvo Martí un concepto elevado en la figura de algunos que fueron sus grandes amigos, entre ellos aquel al que llamó “un haitiano extraordinario”: Anténor Firmín. De Firmín le impresionó a Martí, por sobre todo, la contundencia con la que en su libro
De l’egalité des races humaines (Anthropologie positive) [De la igualdad de las razas humanas (Antropología positiva)], publicado en 1885,
conde Joseph Arthur de Gobineau, expresadas en su famoso Essai sur l’inégalité
des races humaines (Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas).

Esta obra, cuatro tomos editados de 1853 a 1855 y reeditados en 1884, ubicó al autor entre los padres putativos del fascismo.

Podemos comprender el impacto que semejante libro tuvo en Martí, justo en el momento en que una de las grandes amenazas a las que tenía que enfrentarse sin miedo, pero con mucho tino, era precisamente el fenómeno del racismo. No es casual que entre la papelería que se le encontró a su cadáver luego del fatídico combate de Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, estuvieran varias hojas escritas a mano en las que el Apóstol había copiado varias citas del libro vindicativo de Anténor Firmín.

De aquella lucha tenaz del pensador cubano contra cualquier atisbo de racismo en el momento supremo de lanzar a un pueblo a morir o a ser libre, termino estos breves apuntes con un fragmento de las notas de Martí para un discurso, que en honor del Centauro Restaurador dominicano, Gregorio Luperón, le fuera solicitado por el cónsul de la República Dominicana en Nueva York, Hipólito Billini.

“Vivía yo sobre ortigas encendidas, como se vive siempre lejos del país propio, en la lejana capital de Guatemala, de aquella tierra que ostenta en sus selvas y en su escudo, el quetzal de plumaje esmaltado y alma fiera que, cuando pierde la libertad, hunde la cabeza y muere: bien así como Santo Domingo indómito, ese pueblo quetzal. Y allá en Guatemala me enseñó un buen cubano, una noche en que apretada la garganta y secos los ojos, hablábamos de las glorias y desdichas de nuestra tierra, una carta en que el caballero Luperón explicaba, con ese cariño por las causas débiles que es dote exclusiva de las grandes almas, explicaba humilde y tiernamente los impulsos que le hablan movido a tributar honras fúnebres a aquel cubano de espíritu templado a fuego sobrenatural”, a Ignacio Agramonte.

Gracias, dominicano generoso, en nombre del muerto. Gracias, hombre de juicio sereno y corazón…
Abomino los odios fanáticos, tanto como amo los corazones generosos. La libertad de mi patria, quisiera verla surgir de entre alas, no de entre charcas de sangre; pero a mi tierra la llevo en el alma, como a una hija querida, y a quien me ha admirado y consolado a mi tierra, y dado favor y cariño a sus hijos, a raudales le doy esta alma mía, para que haga con ella lo que quiera, ya que ella es tal que no dejará nunca que se haga de ella nada malo, y en un abrazo que no se acaba, aprieto a mi corazón al hombre generoso que puso una corona de sus flores libres en el ataúd de nuestros muertos, y dio amparo y calor en sus horas de desdicha a estos otros muertos, ¡los desterrados!

Tiene el mundo dos razas: parecida a los insectos la una, la de los egoístas; resplandeciente, como si en si llevara luz la otra, la de los generosos. Pueden los egoístas de hoy y de mañana lanzar donde se les permita sus frustraciones, sus odios que carcomen, sus xenofobias criminales, su mentalidad fascista, pero a lo que no tienen derecho, ni poco ni mucho ni ninguno, es a tratar de apuntalar sobre el prestigio inmaculado de aquel hombre solar su discurso infame, su pequeñez humana.

En tiempos de fake news y desinformaciones disfrazadas de noticias, aun los más incautos deberían, para no ser parte de estas redes de infamias, hacer una simple y salvadora solicitud: “Por favor, indíqueme su fuente.”

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